Texto para emocionarse con Oteiza ” Cóncavos somos más” , de Julen Robles

La verdad es que hay textos que te alientan a mirar el arte con otros ojos, y si además, como en el presente caso, te hacen ver con nuevos ojos la obra de Jorge Oteiza ( alguién que representa tanto en el ARTE), llegas a emocionarte. Agradezco a Julen Robles el permitirme poner en mi ramuntchori un texto tan evocador.

Ramuntcho Robles Quevedo

“Cóncavos somos más.

Nadie como Oteiza para cabalgar un atardecer de Viento Sur en una nave verde y sin semilla.

Es tanto lo que propone que resulta muchas veces inabarcable. La cantidad de referencias críticas, estéticas, teosóficas… hace que muchos conceptos queden sin atender aunque hay veces que saboreas uno de ellos durante largo rato.

Habla Oteiza de la importancia de no vacíar a las palabras de su contenido, de no ser reiterativos, de contener el verbo, no aburrir por evidente. Frente a eso, propone un lenguaje más sintético, con margen de ser interpretado.

Divide (es fácil imaginarle dibujando todo esto en una pizarra, bien de subrayados, bien de tiza todo) las palabras en dos grupos basados en dos formas de ocupar un espacio: habla de las palabras CONVEXAS como palabras llenas, plenas de imagenes conocida por todos donde se juntan el significado y el contenido, que casi hablan por si solas. Por otro lado, las palabras CONCAVAS aún conservan espacio para ser completadas con nuevos contenidos, a veces sólo pistas de su significado preciso, dejando margen a la reflexión y, si, al juego.

En su ensayo ” Ejercicios espirituales en un túnel” que editó Hordago justo hace 30 años, Oteiza reflexiona acerca del lenguaje suntuoso frente al minimalista y lo hace tomando como base dos relatos bien diferentes: uno de Unamuno acerca de unos niños contemplando un caballo y otro de Pío Baroja en el que acompaña a un colega médico a asistir un parto en un caserío cercano.
Enfrenta Oteiza la exclamación “caballo, caballo!” que utilizan los niños en el relato de Unamuno a la expresión vasca “Ay, ene!”, que usa la parturienta y que viene a significar una especie de “ayayay!”, lamento y estupefacción al mismo tiempo, para decir que para ambos escritores significan lo mismo.

Al grano (o no habré aprendido nada). Unamuno se encuentra con un grupo de niños que están mirando un caballo y gritan, exhaltados, “caballo, caballo, caballo!”, vaciando de significado la palabra que denomina al animal que tienen delante, enfrente de sus narices, a fuerza de repetir su nombre hasta la extenuación, volviendolo evidente y reiterativo. Como nombrar a una cosa dos veces: una viendola y otra verbalizandola.

Baroja, por su parte, acompaña a otro médico a asistir un parto y revive los gritos, suspiros y respiraciones de la próxima madre, quien con sus “ay, ene!” encerraban mucho más significado al mostrarse libres de forma, suspiros que acompañan el nacimiento de una vida nueva, todo por aprender, toda su forma por venir, nada definitivo aún.

Lo contrario de un caballo, forma definida que los humanos llevan miles de años nombrando con una palabra.

Vacíar de significado al lenguaje, permitiendo interpretaciones, no contarlo todo, no tan explícito todo…”

Texto de Julen Robles

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